India: Respirar Humanidad

foto bici familia ok rosalbaSé que puede parecer pretencioso escribir sobre un país tan complejo como la  India, cuando apenas conoces la epidermis de su historia, cuando solo has transitado unos milímetros de la extensa geografía de la segunda nación más grande del mundo, cuando apenas has recorrido las aldeas, pueblos y ciudades dónde se mueven más de mil millones de personas, con sus múltiples lenguas e infinitos dialectos…

¿Cómo atreverse a hablar de una cultura tan ancestral, que rinde pleitesía a la Naturaleza, a la Tierra, al Aire, al Agua, al Fuego, a los Animales… a la Vida y a la Muerte? Treinta y tres millones de dioses, que son tratados como si fueran de carne y hueso: Los hindúes les traen alimentos para comer, los bañan con agua, los visten con telas de colores, les traen flores…

Todos los años procuro compartir con mi hija Rosalba la experiencia de aventurarnos juntas en el conocimiento de nuevos territorios. Los tiempos son complicados… extremadamente difíciles para muchísima gente y confieso que, al principio, pensé en dejar este viaje para otro momento. Pero la vida te pone delante historias con las que te das cuenta que el “hoy y el ahora” es lo único seguro a lo que podemos aferrarnos. El mundo estaba ahí esperándome y la India era mi destino.

20130820_161140 (FILEminimizer)De Tenerife a Madrid, de la capital de España a la de Jordania, Ammán, para dos horas después desembarcar en el país de Ghandi.

Nueva Delhi, Jaipur, Fatehpur Sikri, Agra, Jhansi, Orccha, Khajuraho y la ciudad santa de Benarés conformaron el recorrido que hicimos por este país fascinante.

Unos días antes de viajar, leí unas palabras del escritor y maestro espiritual Ramiro Calle, que reflejan a la perfección la cascada de sentimientos que el subcontinente indio me produjo…

“Si algún país puede despertar el interés humano más tenso, más vital, más profundo, éste es la India… Cautiva, confunde, desborda, orienta y desorienta, se abre y se oculta inescrutablemente, es franca e ignota, siempre la misma y siempre cambiante, capacitada para serenar y turbar o perturbar, cercana y siempre distante, íntima y a la vez ajena. Así es la India, la gran amiga y a la par la gran desconocida.”

Así es…

Sin licencia para olvidar

No es fácil canalizar el torrente de sensaciones que me produjo y me sigue produciendo la India. Imagino que a casi todos nos pasa lo mismo, porque este país no te deja permanecer indiferente. Desde el primer segundo apela indiscriminadamente a tus sentidos y ni siquiera cuando te alejas te da licencia para que lo dejes caer en el olvido.

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Todo provoca una mirada. La India es el país de los colores. Es como si la primavera hubiese desterrado cualquier otra estación y estuviera brotando a cada instante, fecundando de tonos intensos los ropajes de las mujeres,  los turbantes de los hombres, los mercados de verduras y especias.

Todos los años, millones de indios de todas las edades salen a las calles para celebrar el festival de los colores, la fiesta de Holi con la que dan la bienvenida a la Primavera, al buen tiempo. Bajo el sonido de tambores, cantos, bailes,se enzarzan en batallas de agua y se embadurnan con polvos rojos, verdes, azules, rosas y amarillos. Es una fiesta de felicidad y esperanza ante la llegada de la época de la fertilidad”. La verdad es que me hubiese encantado disfrutar de esta celebración. Otra vez será porque, sin duda, volveré.

La India te activa todos los sentidos.

Lo que sí viví, y de forma intensa, fue el ruido de los viejos motores y el murmullo infartado de las bocinas es permanente en las  calles asfaltadas, llenas de polvo y basura dominadas por el tráfico caótico de los coloridos camiones, de los festivos rickshaw,  conocidos como tuk-tuks y de las viejas y oxidadas bicicletas.

El bullicio, la algarabía de las mujeres y los hombres conviviendo en un desorden permanente que desafía cualquier regla o disciplina. El olor te acompaña a todas partes, los sabores fuertes y picantes te sacuden el paladar mientras el tacto es seducido por la suavidad de los saris, por la frescura del mármol estucado del interior de los palacios, por la rugosidad de las piedras de los templos, por los reclamos de afecto de la gente…

La India nos acogió a mí y a mi hija con los brazos abiertos… y nosotras le respondimos enamorándonos de ella, de su tierra y, especialmente, de su gente, de sus paisajes humanos. Unas veces hermosos, otras terribles, tanto que te avergüenzas de tener lo poco o mucho que tienes frente a las condiciones miserables de otros. País de infinidad humana, donde la vida y la muerte siempre se pueden tocar con los dedos.

No hay vacíos, ni silencios, ni soledad

En la India no hay vacíos. Las casas, las calles,  los palacios, los templos, las orillas de los ríos… están siempre  desbordadas de gente, que va y viene, transitando por calles llenas de escombros, excrementos y basura…

En su higiene personal, los indios son uno de los pueblos más limpios del mundo, pero en las calles de sus ciudades y prácticamente en cualquier  espacio público, la suciedad se manifiesta. La mugre no se esconde… y acompaña a la miseria, que desfila sin piedad, por las vidas de familias y niños que acampan en chabolas o que duermen bajo el cielo del inclemente sol o de las torrenciales lluvias.

IMG_8165 Viaje a la IndiaLa pobreza es un territorio sin fronteras y exige una actitud de permanente compromiso, la conciencia no se tranquiliza porque des unas pocas rupias aquí, otras allá. En la India, la miseria es contundente.

La vista quiere huir despavorida de los niños que duermen a la intemperie acompañados de adultos desnutridos… Los vi y quise que mi hija Rosalba también los mirara y que reflexionara, aprendiera, sintiera rabia…

Nada es tan cierto como aquella frase de la Madre Teresa de Calcuta que decía: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar; pero el mar sería menos si le faltara una gota”. Por pequeño que sea nuestro aporte, todo suma a la hora de ayudar a otro.

La India es la tercera mayor economía de Asia y la segunda nación más poblada del planeta donde la tercera parte de su gente vive en condiciones de miseria extrema. Hay más de 200 millones de personas que aún no tienen acceso a la educación, la salud y otros servicios básicos. No poseen nada, solo resignación.

El sistema de segregación social que sigue imperando son las castas. Durante el viaje, el guía nos contó que hay más de cuatro mil castas. Los brahmanes son sacerdotes y estudiosos, los chatrias son guerreros, los vaisias se dedican al comercio y los sudras son siervos, obreros y campesinos.

hombres benaresLos dalit no pertenecen a estas castas y, por eso, son los Intocables, los sin casta, los parias. De hecho, “dalit”, significa “aplastado”, “pisoteado” y “oprimido. El resto de la sociedad considera que son impuros, no tienen derecho a progresar y solo pueden desarrollar tareas como la retirada de los cadáveres de animales, trabajar el cuero o realizar labores de limpieza etc. La creencia hindú dice que quien ha nacido siendo un dalit, un marginado, es como pago por lo hecho en una vida anterior; por tanto, lo que hay que hacer para ser algo más privilegiado es portarse bien en esta vida.

Y así nacen y así mueren… Curioso que la India sea el país de la espiritualidad y al mismo tiempo de la jerarquización y la discriminación social. Las leyes de la mayor democracia del mundo se quedan en papel mojado ante un pueblo que se resiste a cambiar costumbres y ritos.

En la India tan pronto te duele el alma como el espíritu te sonríe

20130824_105909En este subcontinente tampoco hay silencio ni soledad. El ruido es incesante, desesperado e impertinente. Las bocinas de los motores que rugen, de las flamantes motos que portan sobre su asiento una familia entera, de los carnavaleros rickshaw y de las viejas y destartaladas guaguas y furgonetas, cuyas cabinas son auténticos santuarios decorados.

El tráfico es endemoniado y esta sinfonía de notas estridentes envuelve el curioso y espontáneo trasiego de vacas, búfalos y cabras por calles y carreteras, tan pronto reposan en medio de un paso de peatones, como cruzan de un lado a otro de calles y viejas carreteras.

Recuerdo los primeros días de sobresalto permanente, afortunadamente siempre faltaban, segundos o centímetros para que se produjera una colisión. Conducir en la India debería ser considerado una profesión de altísimo riesgo.

Todos quieren pasar a la vez, todos adelantan a todos. mientras van esquivando, pitan para girar, pitan para adelantar, pitan al ir, al venir, al cruzarse…pitan siempre.

Y en medio de todo esto… hombres y mujeres detrás, delante, arriba y debajo de los innumerables tenderetes de ropa, de frutas y verduras, de especias y comida callejera, de souvenirs. Rezando en los templos, purificándose en los ríos, afanados en su tarea agraria o artesana o tendidos en el suelo, protegidos del sol, bajo cualquier sombra…

 

20130823_114021¿Cómo podía quedarme al margen de todo esto? Imposible para mí y, curiosamente, también para mi hija Rosalba. Les confieso que me siento orgullosa de cómo reaccionó, de su complicidad con la gente, de su toma de conciencia ante la miseria… La India no es fácil para un adulto, muchísimo menos para una adolescente de 14 años.

Pero ahí estábamos las dos…  Tantas vivencias especiales.

 

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